Os lo advertí y no quisísteis creerme. Pues ha llegado el momento de la venganza: os voy a contar lo que nos explicaron en el cursillo prematrimonial. Si nunca has pasado por eso y tienes curiosidad, siéntate y lee, estás en tu casa.
Antes de entrar estaba nerviosa y algo asustada, porque si se les ocurre recomendarme que, como mujer, mi papel en el matrimonio consiste básicamente en servir a mi marido, y su receta se basa en la resignación cristiana, salgo de allí excomulgada por la vía directa.
Sin embargo, tengo que admitir que no fue una experiencia tan terrible como me imaginaba, incluso me sorprendió agradablemente en algunos aspectos que seguidamente os relataré.
Algo más de una hora de charla con un matrimonio bastante joven, muy pijos los dos (él, polo lacoste; ella, look a lo hippy-fashion con pendiente de Tous), que llevaban 16 años casados y tenían 2 hijas, la menor de 10 años. Aparte de pijos, no eran tan conservadores como yo me esperaba, y estaban más bien por la igualdad hombre-mujer, reparto equitativo de tareas en el hogar y en esa línea.
Incluso el cura, contra todo pronóstico, se pronunció a favor de la emancipación de la mujer, de la necesidad de llenar su vida con otras cosas que le resulten más satisfactorias para su autorealización personal que servir al hombre, y en contra de que el hombre sea tan completamente inútil en su quehacer diario que requiera de una mujer que le atienda hasta para lavarle la ropa o hacerle la comida. Y más sorprendente aún, a pesar de lo conservador que el párraco nos pareció cuando fuimos a verle la primera vez, en esta charla criticó el machismo de la Iglesia Católica, y el hecho de que la mujer en la Iglesia tenga un papel subordinado al hombre y tenga vetado el acceso al poder. Nos explicó que en los palacios cardenalicios, los obispos normalmente tienen monjas que les atienden, y dedican toda su vida a atender las necesidades rutinarias de esos hombres que no saben cuidarse solos: les lavan la ropa, les hacen la comida, les mantienen sus estancias limpias, etc. El cura de nuestro pueblo dijo no comprender cómo una existencia así puede llenar, ni a la mujer ni al hombre, y que el mero hecho de que se dé esta situación ya implica que algo no va bien. La verdad es que me sorprendió agradablemente su alegato.
Sin embargo, me dio la sensación de que todo era un discurso bastante precocinado “al gusto del consumidor”. Es decir, que no era auténtico sino más bien una pose, por cómo nos habían calado (sobre todo a mí) desde el primer momento. La mujer que nos dio el cursillo prematrimonial en algún momento se aceleró con que la culpa de que hoy en día se produzcan tantos divorcios la tiene la emancipación de la mujer, porque está muy envalentonada, ya no necesita al hombre para subsistir, puede valerse por sí misma, y en consecuencia aguanta mucho menos. Tuve que pararle los pies y decirle que cuando se rompe un matrimonio, la culpa generalmente es de los dos y no de una sola de las partes, y que no es sólo que la mujer sea hoy en día mucho más independiente, cosa que me parece positiva, sino que los hombres no han sabido encontrar su sitio y hacerse a la idea de que están teniendo que ceder cuotas de poder cada vez más grandes y cada vez más rápido. Mientras no se mentalicen de esa nueva situación y encuentren su lugar, cuanto más tiempo se empecinen en no querer renunciar a sus privilegios históricos, más les costará asumir que su pareja ya no es una persona dependiente sino que tiene que tratarla en plano de igualdad y más les costará hacerse a la idea de que hombres y mujeres somos iguales en dignidad, iguales en derechos e iguales en responsabilidades (la frase no es mía, es del cura…). Todos se mostraron de acuerdo conmigo (al menos, eso dijeron), y el cura admitió que no es fácil cambiar 20 siglos de dominación machista en una sola generación.
Por otro lado, ví removerse en su silla al cura cuando la mujer que nos estaba dando el cursillo se pronunció a favor del divorcio en casos de malos tratos, y también en aquéllas situaciones en las que la mujer viva tan completamente sometida a su marido que le resulte insufrible continuar viviendo así. Creo que no le hizo demasiada gracia, aunque tuvo el buen gusto de mantener la boca cerrada, porque se podía haber montado un buen cirio y si me toca mucho las narices igual pierde dos clientes hasta ahora cautivos. Hay cosas por las que no estoy dispuesta a pasar.
Por lo demás, la charla discurrió sobre un temario de tópicos de psicología de revista femenina.
¿Se os ocurren más tópicos? Seguro que me dejo alguno.
Y, para finalizar, nos pasaron un cuento titulado “Amar sin ataduras” en la que una pareja de jóvenes indios (él, bravo guerrero; ella, HIJA DE el jefe de la tribu… ¿lo véis?) le pedía al hechicero que les hiciera un conjuro para permanecer siempre unidos. El hechicero les pide que traigan un halcón y un águila, las aten por las patas y las dejen sueltas. Las aves intentan volar, pero al estar atadas no lo consiguen, y empiezan a darse picotazos la una a la otra. La moraleja del cuento es evidente: no te cases. Pues a buenas horas me lo dicen…
P.D. : Más de una hora de cursillo prematrimonial, y ni una palabra sobre sexo.
Pues tuviste suerte. Un amigo mío me dejó el libro del curso en cuestión y las barbaridades que podían leerse (sobre qué debe hacer la mujer en caso de maltrato, sobre qué hacer si un hijo “le da” por hacerse homosexual, etc) daban para hacer otro libro.
Que la cosa salga bien (y cuidao con el agua bendita, que quema como ácido a los separatistas-rojos-malvados varios).
Si querías consejo haber preguntado, mujer, pero pedírselo a un cura sobre el matrimonio…, es como si te lo doy yo sobre hacerte monja.
Sinceramente, y sin ánimo de ofender, ¿por qué te casas por la iglesia católica? Si cuestionas sus valores, ¿por qué participas de ellos? Yo opino lo mismo que tú, y por eso no soy cristiano, no me confirmé en la fe, no me casé por la iglesia y no bauticé a mi hija. Sin embargo veo vuestra actitud muy común, y me cuesta entenderla. Yo creo que las convicciones ideológicas nos tienen que llevar a ciertas renuncias; además, ni el catolicismo es la única religión, ni es la única forma de ser cristiano; ni siquiera de vivir la espiritualidad.
Juan, ya lo he explicado en este blog más de una vez: convivir en pareja significa aceptar ciertas cosas y renunciar a otras. Dices “Veo vuestra actitud muy común y me cuesta entenderla“. ¿Por qué pluralizas? Mi pareja sí es creyente, y no concibe otra boda que no sea por la iglesia. Y yo he decidido aceptar eso y casarme por la iglesia. Él acepta y renuncia a otras cosas, como por ejemplo que no bautizaremos a nuestros hijos. ¿Por qué debo tener más derecho yo a imponer mi criterio anti-religioso, que él a imponer el suyo pro-religioso, por decirlo de alguna manera? Pues ninguno de los dos tiene más derecho que el otro: una pareja significa compartir, aceptar, y en ocasiones renunciar.