¿Administración pública sin humo? Sí, ¡JA!
Acabamos de conocer los datos de un informe oficial de la Agencia Catalana de Salud Pública sobre la incidencia que ha tenido la famosa ley anti-tabaco en los espacios públicos, la empresa privada y las oficinas de la administración pública. Los resultados nos presentan la cara más decadente de la administración: mientras en las instalaciones de la empresa privada, la concentración de humo se ha reducido un 98% (está totalmente prohibido fumar en los lugares de trabajo, excepto en el lugar de trabajo de los camareros, pero ese es otro tema), en el lugar de trabajo de los funcionarios la concentración de humo se ha visto reducida en un 60%, cuando también está totalmente prohibido fumar y el objetivo era una reducción del 100%.
Si el objetivo era una reducción de la concentración de humo del 100%, y solo se ha logrado el 60%, cabe concluir que un significativo número de funcionarios se pasa la ley por el mismísimo forro en su lugar de trabajo. Me aventuro a pensar que no serán un 40% de funcionarios los que siguen fumando la misma cantidad de cigarrillos que antes de la entrada en vigor de la ley (lo cual ya sería realmente grave), sino más bien los datos me indican una reducción bastante generalizada del consumo de tabaco en el lugar de trabajo de los funcionarios, pero a la vez que se continúa fumando de forma generalizada y que es minoritaria la actitud de cumplir la ley y no fumar absolutamente nada en el lugar de trabajo (y salir a la calle a echar el cigarrito, por ejemplo). Vamos, que en su mayoría los funcionarios siguen fumando en su lugar de trabajo pese a estar prohibido, si bien han reducido significativamente la cantidad de cigarros que consumen. Es lógico pensar que si hay compañeros que siguen fumando en su lugar de trabajo y este acto ilegal e incívico no tiene consecuencias directas sobre el infractor, esto provoca una especie de “efecto contagio”: ¿Por qué voy a dejar de fumar yo si mi compañero de al lado fuma y aquí no pasa nada?
Me niego a considerar un éxito el que se haya reducido el consumo de trabajo en el ámbito de trabajo de la administración pública, cuando la ley marca claramente que debería haberse eliminado totalmente del lugar de trabajo. El hecho fundamental es que, a diario, una gran mayoría de los funcionarios están incumpliendo la ley anti-tabaco, y este incumplimiento generalizado sólo es posible con la connivencia de los cuadros superiores. Vamos, que los jefes toleran este comportamiento que va en contra de la ley anti-tabaco. Y así se da la paradoja de que la administración pública, que debería dar ejemplo en cuanto a cumplimiento estricto de las leyes, resulta que es la que más la incumple, de forma generalizada y con la connivencia de los jefes y maltratando vilmente y sin ningún remordimiento los derechos de los compañeros que no fuman. Pues apaga y vámonos.
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Lo mismo digo. Yo no soy funcionario aunque sí trabajo en una universidad pública, y no hay semana que no coja por lo menos un ascensor en el que haya entrado alguien sin poder resistirse sus ansias de chupetito tóxico para adultos.
Creo que el gran problema de la ley es que carece de un elemento disuasorio serio. ¿Cuál es la pena por fumar? ¿Quién la hace cumplir? En muchísimos sitios, por ejemplo en la salida de las bibliotecas universitarias, es virtualmente imposible que no haya nadie fumando: los yonkis que no pueden resistir un microsegundo sin su puto cilindro de alquitrán se salen para apestar el ambiente cuando ya no pueden resistir el mono, mientras que casi cualquier otra persona sólo suele estar de paso. Se les puede decir a dichas chimeneas humanas que apaguen su fuente radiactiva de toxinas, pero da igual porque la van a encender de nuevo en cuanto el denunciante desaparezca de la vista.
Si se me nota cabreado con el tema del tabaco es porque, efectivamente, es un tema que me cabrea mucho. Bastante tengo con no poder ir a virtualmente ningún sitio de público joven a cenar sin que me entren ganas de vomitar ni necesitar lavar la ropa y ducharme para quitarme el pestazo, como para que encima los fumadores se choteen de los que no lo somos pasándose por el forro de los cojones -o entidad genital femenina equivalente- una ley bienintencionada pero inútil.
A fumar a sus casas o a la calle, hombre ya, como lo hacen en los países civilizados.
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En fin. http://www.20minutos.es/noticia/452056/0/humo/cigarro/perjudicial/
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