Nota: este post no pretende hacer leña del árbol caído, más bien pretende ser una crítica constructiva hacia las cosas que (en mi opinión) se han hecho mal en Galicia. Este post lo he escrito esta mañana, entre las 9 y las 10, antes de conocer la noticia de la dimisión de Emilio Pérez Touriño como líder de los socialistas gallegos. Sin embargo, si hacemos abstracción de la anécdota (pedir la dimisión de Pérez Touriño) y nos centramos en lo central (el breve análisis de la política de comunicación de la campaña electoral gallega), creo que el mensaje sigue estando vigente.
Tras el resultado de las elecciones autonómicas en Galicia del pasado domingo, el momento de hacer autocrítica para Emilio Pérez Touriño es inaplazable. Los socialistas gallegos no pueden esperar ni un minuto más: Touriño debe dejar paso a un nuevo líder del partido socialista de Galicia que no haya sido “quemado” por los escándalos y que pueda volver a lograr la confianza de los gallegos que Touriño ha perdido. La militancia gallega debe empezar desde ya, sin perder más tiempo, a buscar al sustituto adecuado.
El gobierno gallego, compuesto por una coalición de socialistas del PSdGa y nacionalistas de Bloque Nacionalista Gallego, se jugaba revalidar su ajustadísima mayoría para poder seguir gobernando. Y con un margen de maniobra tan pequeño, no pueden permitirse fallos tan grandes como los que se han cometido durante los últimos meses.
Creo que Touriño debe dejar paso, y con él debe marcharse su asesor de comunicación, ese que le recomendó que en las ruedas de prensa, cuando los medios de comunicación le preguntaran por los escándalos de su gobierno, debía cerrarse en banda, poner cara de mala leche y decir “siguiente pregunta”, negándose a responder a ninguna pregunta al respecto. Debe marcharse el que le aseguró que los gallegos son tan listos que no necesitan que se les explique nada, porque ellos solitos sabrían diferenciar el engaño de la verdad, por una especie de conexión telepática con el Presidente de la Xunta, o peor aún, por una confianza ciega y absoluta en su líder. Deben dimitir quienes no han sabido convencer, quienes no han sabido explicar el balance de su gestión o su gestión directamente no convence, quienes han perdido la confianza de la ciudadanía y quienes no han tenido la suficiente habilidad como para contrarrestar la campaña de la derecha ni aclarar los supuestos escándalos de “despilfarro”.
- Si a Touriño le preguntan por los gastos de la redecoración de su despacho, y no es capaz de explicar que no ha redecorado su despacho sino que los gastos corresponden a la reforma un edificio de tres plantas, sino que pone cara de haberse comido una pipa amarga y responde de mal café “¡siguiente pregunta!”, se merece perder las elecciones.
- Si a Touriño le preguntan por las sillas de a 2.000 euros la unidad, y no es capaz de explicar que ese dato es falso y que cuando Fraga compró unas sillas por valor 6.000 euros cada una nadie se llevó las manos a la cabeza, sino que pone cara de haberse tragado el chicle sin respirar y responde con malas pulgas “¡siguiente pregunta!”, se merece perder las elecciones.
- Si a Touriño le preguntan por la factura de 480.000 euros que ha costado su coche oficial, y no es capaz de explicar que el coche oficial de Gallardón cuesta 591.000 euros y no ve a nadie escandalizarse por ello, sino que pone cara de haber mordido un limón y responde de mala hostia “¡siguiente pregunta!”, se merece perder las elecciones.
Y ya, si pillan al vicepresidente, Anxo Quintana, en un yate de un empresario que ha sido beneficiado con contratos de la Xunta, y en vez de admitir el tremendo error y aprovechar Touriño para lanzar un mensaje contundente, Quintana se pone chulo, saca pecho y dice que tiene la obligación de hablar con quien se lo pide, obviando que se puede hablar en un despacho y no hace falta irse de paseo en yate… pues aunque sea del BNG, también merece perder las elecciones.
Hay que tener en cuenta que, hasta que empezaron a salir a la luz todos estos escándalos, la valoración del Gobierno de la Xunta era lo suficientemente buena como para que los socios de gobierno confiaran en obtener juntos una mayoría suficiente como para seguir gobernando en coalición. Así que lo siento por aquéllos que creen que los gallegos le han hecho pagar al bipartito su coalición: de haber sido así, la valoración del gobierno habría sido mala desde el primer día, y la intención de voto entre los votantes del 2005 habría caído en picado, cosa que no ha empezado a verse reflejada en las encuestas hasta que el gobierno gallego se vio salpicado por los escándalos de “despilfarro”, que marcaron un punto de inflexión en las encuestas, un antes y un después claro en la valoración del gobierno y en la intención de voto declarada.
Precisamente cuando un gobierno está acosado por los escándalos es cuando más hay que intensificar la política de comunicación, ser claros y explicarse bien. Y más si estamos en plena campaña electoral y partimos con una ventaja mínima. Cerrarse en banda y negarse a dar explicaciones pensando que los electores ya diferenciarán por sí solos sin tener más elementos de juicio que los que les suministra la oposición, es encaminarse de cabeza hacia el desastre. Por muy bien que hayan hecho su trabajo durante los últimos 4 años, si no han sabido explicarlo y si además su gestión se ve empañada por escándalos como estos, se merecen perder las elecciones y que el electorado los mande castigados al rincón de pensar. Por eso Touriño debe retirarse, y debe llevarse con él a su asesor de comunicación, a quien yo personalmente condenaría a 200 latigazos en la plaza mayor.
¿Que la crisis puede haber afectado? Sí, vale, no lo discuto. ¿Que se tendrían que haber convocado antes las elecciones? Puro tacticismo: independientemente del resultado, me habría parecido mal.
Así que, por todo lo anterior, Touriño debe dimitir, y su jefe de comunicación debe exiliarse a un país donde todavía no conozcan la imprenta, mucho menos la radio o la televisión.
Por supuesto, el hecho de que Emilio Pérez Touriño en el momento de publicar estas líneas ya haya dimitido, no cambia nada.